Hoy agradezco no ser Gabriel
Hoy vi un video que me produjo una sensación que todavía no termino de sacudirme. Un hombre hablaba de Gabriel Aguilar, ministro de Justicia, y decía que le gustaría encontrarse con “Gabrielito” para probarse con él a…

Hoy vi un video que me produjo una sensación que todavía no termino de sacudirme. Un hombre hablaba de Gabriel Aguilar, ministro de Justicia, y decía que le gustaría encontrarse con “Gabrielito” para probarse con él a golpes. Aclaraba que no era una amenaza, que lo decía casi como algo deportivo. Yo no voy a analizar a ese hombre, ni voy a decir qué quiso decir, ni mucho menos voy a afirmar que vaya a hacer absolutamente nada. No lo conozco. No sé quién es. Y precisamente por eso prefiero no hablar de él. Voy a hablar de mí, de lo que sentí mientras lo veía y de la pregunta que inevitablemente se me metió en la cabeza: ¿qué sentiría yo si fuera Gabriel Aguilar?
Creo que tendría miedo. Mucho miedo. Porque una cosa es entrar a una cárcel acompañado por policías, cámaras, funcionarios y toda la autoridad que representa ser ministro de Justicia, y otra muy distinta es regresar a la casa cuando se apagan las cámaras. Una cosa es tener un cargo y otra es ser una persona. Y yo, si fuera él, probablemente empezaría a preguntarme si la seguridad que tengo por ser ministro es suficiente. Si debería cambiar rutinas. Si debería mirar dos veces antes de bajarme del carro. Si tendría que evitar ciertos lugares. Si debería decirle a mi familia que tenga cuidado. No porque exista necesariamente una amenaza concreta contra mí, sino porque después de exponerse públicamente frente a personas privadas de libertad y convertir ese enfrentamiento en un video institucional, yo no sabría cuántas personas pudieron sentirse alcanzadas, humilladas, enojadas o sencillamente provocadas por aquello. Y vivir con esa duda me parecería terrible.
Pero probablemente lo que más me preocuparía no sería hoy. Hoy hay un cargo, una estructura, policías, vehículos oficiales y medidas de seguridad que desconozco y que no pretendo evaluar. Lo que me asustaría sería el día después. El día en que Gabriel Aguilar deje de ser ministro y vuelva a ser simplemente Gabriel Aguilar. Pensaría en el próximo año. En cinco años. En diez. Me preguntaría cuánto dura la memoria de las personas. Cuánto dura un enojo. Cuánto dura una humillación. Cuánto tiempo puede permanecer vivo un resentimiento. Me preguntaría si dentro de muchos años alguien podría reconocerme en una calle, en un restaurante, en un supermercado, en una actividad pública. Probablemente nada sucedería jamás. Ojalá que así sea. Pero el problema del miedo es que no necesita que algo vaya a ocurrir; le basta con saber que podría ocurrir.
Y entonces pensaría en algo todavía peor: mi familia. Porque si fuera Gabriel no existiría solamente Gabriel. Habría hijos, hermanos, primos, tíos, sobrinos, padres, abuelos, parejas, amigos. Personas que jamás entraron a una cárcel a retar a nadie, que jamás tomaron una decisión ministerial y que probablemente ni siquiera participaron en aquello. Y yo me preguntaría si alguna de ellas podría quedar expuesta simplemente por llevar mi apellido, por caminar conmigo o por ser conocida como parte de mi familia. Quizás sería un temor exagerado. Quizás nunca pasaría absolutamente nada. Pero si yo fuera él, no sé si conseguiría convencer a mi cabeza de eso cada noche.
Esto no significa justificar una amenaza. Todo lo contrario. Nadie debería amenazar a Gabriel Aguilar, ni hoy ni cuando deje el cargo. Nadie debería tocarlo, perseguirlo, intimidarlo ni convertir una diferencia en violencia. Tampoco estoy diciendo que alguien vaya a hacerlo. Estoy hablando únicamente de algo mucho más sencillo y, para mí, mucho más estremecedor: las consecuencias emocionales que puede tener ejercer el poder de una manera que provoca una reacción tan intensa en otros seres humanos. Hoy la discusión pública gira alrededor de lo ocurrido en una cárcel y de si la actuación del ministro fue correcta o incorrecta. La Defensoría de los Habitantes ha cuestionado públicamente esas actuaciones y el propio ministro las ha defendido. Pero yo estoy pensando más lejos. Estoy pensando en lo que ocurre cuando se termina el cargo, se guarda el traje, desaparecen las cámaras y queda solamente el hombre.
Tal vez Gabriel Aguilar no tenga miedo. Tal vez duerma perfectamente tranquilo. Tal vez considere que hizo exactamente lo que debía hacer y esté dispuesto a asumir todas las consecuencias de sus decisiones. No lo sé y no puedo hablar por él. Pero yo sí puedo hablar por mí. Y después de ver lo que vi hoy, después de escuchar aquellas palabras y observar aquel rostro, pensé en algo que jamás imaginé escribir: hoy agradezco profundamente no ser Gabriel Aguilar.
Porque si yo fuera Gabriel, probablemente esta noche estaría pensando en seguridad. Mañana también. Pensaría en mi casa, en mis seres queridos, en los lugares que frecuento y en las personas que se cruzan conmigo. Pensaría en lo que ocurrirá cuando deje de tener escoltas, cuando deje de tener un cargo, cuando pasen cinco o diez años y quizá crea que todo aquello quedó enterrado en el pasado. Y eso debe ser una forma espantosa de vivir.
Por eso hoy no siento alegría, satisfacción ni deseo alguno de que Gabriel Aguilar tenga miedo. Al contrario. El terror que me produce imaginarme siendo Gabriel no se lo deseo ni siquiera a Gabriel.