La “guerra justa”
Luis Guillermo Solís Rivera Expresidente de Costa Rica Artículo tomado del Diario Extra Se ha puesto otra vez de moda, dadas las circunstancias que privan en el Sistema Internacional, invocar la...
Luis Guillermo Solís Rivera
Se ha puesto otra vez de moda, dadas las circunstancias que privan en el Sistema Internacional, invocar la “guerra justa” como la excusa perfecta para librarla. Esto reabre un añejo debate, pues desde que nacen los Estados e incluso quizá antes, el conflicto llevado hasta el punto de conflagración constituye una de las condiciones más frecuentes y menos edificantes de nuestra especie. El debate es espinoso, y ha sido librado por personajes de todo tipo, desde aquellos que hicieron de la guerra profesión y pasión -como los cruzados de la Edad Media europea- hasta santos que la condenaron categóricamente, como Agustín de Hipona o Tomas de Aquino quienes no obstante, propusieron regulara. Entrar ahí, por lo tanto, es meterse en un berenjenal imposible de resolver en una cuartilla y no es mi intención hacerlo. Sin embargo, si quiero invitar a mis lectores a ponderarlo con especial atención y profundidad cuando tenga oportunidad de hacerlo.
Hace unos días, les contaba a unos amigos que este tema me recordaba al que hace ya casi cuatro décadas acometimos los equipos técnicos centroamericanos que negociábamos la letra menuda de los acuerdos de Esquipulas II. Teníamos que resolver, a solicitud de nuestros jefes, cómo definir cuáles armas eran “defensivas” y cuáles “ofensivas”, pues de ello dependería la adopción de protocolos operativos esenciales para alcanzar complejos ceses de fuego. Después de muchas jornadas tan extenuantes como inútiles, acabamos concluyendo que todas las armas eran defensivas y ofensivas simultáneamente, pues su condición no tenia tanto que ver con el tipo de arma propiamente dicho, sino en manos de quien se encontraban. Algo similar pasa con las “guerras justas”: lo son siempre para quien las emprende, pues nunca le faltaran argumentos para validarlas por falsos que estos sean.
Aborrezco las guerras. Como historiador he tenido que estudiar demasiadas y todas ellas son atroces por las terribles consecuencias que acarrean a las comunidades humanas, tanto a las combatientes como (y especialmente) a las que no lo son pero las padecen.
Sin embargo, ante la terrible constatación de que las guerras no van a desaparecer, no puedo ser pacifista porque sé que las guerras continuarán siendo realidades inexorables a las cuales hay que condicionar por medio de instrumentos basados en consideraciones éticas, basadas en acuerdos internacionales cuyo cumplimiento siempre queda sujeto por desgracia, a la voluntad de los actores políticos más poderosos, sin distingos de ideología, nacionalidad, género o credo religioso.
En ese sentido, aunque imperfectas, me doy por servido por aquellas propuestas que definen tanto los límites para ir a la guerra (“Ius ad bellum”) como las acciones ilícitas que han de evitarse cuando aquella haya estallado (“Ius in bellum”). Entre las primeras, solo acometerlas cuando el peligro es grave, duradero y cierto; cuando la guerra es un último recurso, asegurando que el costo humano material sea proporcionado y exista una esperanza razonable de finalización. Entre las segundas, la vigencia de la Ley Moral, la exclusión de las poblaciones civiles no combatientes de los ataques directos, el tratamiento humanitario de los combatientes capturados y heridos, y el uso de la fuerza que sea solo estrictamente necesario.
Si todo ello ya era complicado en el pasado, ¿cómo lograrlo en tiempos de armas de destrucción masiva, guerras “preventivas”, prácticas genocidas y absoluto desdén por el Derechos Internacional? He ahí la cuestión que no se ha resuelto pero que no podrá resolverse solo invocando el principio de la legitima defensa.