Las coaliciones: un nuevo reto para el votante
Metáfora ¿Les ha pasado que compran jocotes en la calle? Uno va manejando, se detiene en un semáforo y aparece alguien ofreciendo una bolsa de jocotes. Todo sucede en cuestión de segundos. Preguntás cuánto cuestan,…

Metáfora
¿Les ha pasado que compran jocotes en la calle? Uno va manejando, se detiene en un semáforo y aparece alguien ofreciendo una bolsa de jocotes. Todo sucede en cuestión de segundos. Preguntás cuánto cuestan, decidís comprarlos, sacás el dinero, pagás, recibís el cambio y volvés a poner las manos en el volante porque en cualquier momento el semáforo cambia a verde. No hubo tiempo para una gran negociación. Tampoco para revisar cada jocote. En realidad, verificaste apenas dos cosas: que efectivamente estuvieras comprando jocotes y que el cambio que te devolvieron fuera correcto.
Pero hay un detalle que puede cambiar completamente esa compra. Si los jocotes vienen dentro de una bolsa transparente, con una mirada rápida podés hacerte una idea bastante razonable de lo que estás comprando. Ves los de arriba, los del centro, los que están pegados a los lados y hasta algunos de los que quedaron en el fondo. Tal vez no podás examinarlos uno por uno, pero la transparencia de la bolsa te permite saber, en términos generales, cuál es la condición del producto que estás llevando. Ahora imaginemos que la bolsa no es transparente. Solo podés ver los cuatro o cinco jocotes que están arriba. Y ahí comienza el problema.
Los de arriba pueden estar grandes, maduros, bonitos y perfectos. Pero no tenés ninguna manera de saber qué hay debajo. Podrían ser exactamente iguales. Podrían estar golpeados. Podrían estar verdes. Podrían estar demasiado maduros. Incluso podría haber alguno que jamás habrías escogido si hubieras tenido la posibilidad de verlo antes de pagar. Entonces aquella compra sencilla deja de ser únicamente una compra rápida y se convierte, aunque parezca exagerado decirlo, en una pequeña lotería. No necesariamente porque quien vende quiera engañarte. Ese no es el punto. El problema es que vos estás tomando una decisión sobre el contenido completo de una bolsa conociendo únicamente aquello que te permiten ver desde arriba.
Estás comprando el conjunto basándote en una muestra. Y cuando la bolsa no permite mirar hacia adentro, lo que comprás deja de depender solamente de tu capacidad de elegir. También depende de cuánto conocés realmente sobre todo aquello que viene incluido. En ese caso, la negociación sigue siendo válida. Vos decidiste comprar. Nadie te obligó. Pagaste voluntariamente y recibiste lo ofrecido. Pero fue una decisión tomada sin garantías completas sobre el contenido. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña cuando hablamos de una bolsa de jocotes comprada en un semáforo, puede volverse muchísimo más importante cuando lo que escogemos no son jocotes.
Un poco de historia
En las elecciones nacionales de este mismo año los costarricenses tuvimos delante muchas alternativas para escoger. Y cada persona seguramente hizo su propia lista, consciente o inconscientemente, de las características que esperaba encontrar en quien ocuparía la Presidencia de la República. Algunos pudieron inclinarse por quien les parecía más agradable o cercano. Otros por quien tenía una mayor trayectoria política. Otros por quien había ocupado cargos importantes anteriormente. Algunos buscaban continuidad; otros, precisamente lo contrario. Para ciertas personas podía ser fundamental la capacidad para manejar la economía; para otras, las relaciones internacionales, la seguridad, la salud, la educación, la institucionalidad o cualquiera de las muchas responsabilidades que recaen sobre un gobierno.
Cada votante tuvo sus propias valoraciones. Podíamos leer propuestas, escuchar entrevistas, comparar posiciones, estudiar trayectorias, analizar partidos y conocer —hasta donde fuera posible— a las personas que estaban aspirando a gobernarnos. Finalmente, los votos determinaron el resultado y Laura Fernández fue declarada presidenta electa para el período 2026-2030. Quienes votaron por ella pudieron hacerlo porque confiaban en su persona, en sus propuestas, en el partido que representaba, en la continuidad que ofrecía o por cualquiera de las múltiples razones legítimas que una persona puede considerar antes de emitir su voto. Quienes escogieron otras opciones hicieron exactamente el mismo ejercicio desde sus propias prioridades.
Por supuesto que después aparecen variables. Un gobierno puede tomar decisiones que no estaban previstas, las circunstancias nacionales e internacionales cambian y ninguna campaña puede anticipar absolutamente todo lo que ocurrirá durante cuatro años. Pero, al menos en la buena teoría democrática, aquello que el elector estaba escogiendo se encontraba delante de él. Había una candidatura presidencial, un partido, propuestas, antecedentes y una papeleta. La tarea podía ser compleja por la cantidad de opciones, pero conceptualmente era bastante sencilla: estudiar al candidato y estudiar al partido que lo llevaba. Ahora el ejercicio puede ser diferente.
Próximas votaciones
Las próximas elecciones municipales de Costa Rica serán en 2028 y desde ahora los movimientos partidarios comienzan a prepararse para ellas. Y dentro de ese escenario posiblemente escucharemos cada vez más una palabra: coalición. Una coalición electoral permite que diferentes partidos políticos se agrupen bajo una fórmula común. Costa Rica ya tiene experiencia con ellas y nuestro sistema político permite, además, la existencia de agrupaciones inscritas a escala nacional, provincial y cantonal, algo especialmente relevante cuando hablamos de elecciones municipales.
Y aquí regresamos a los jocotes. En una elección donde votamos por una candidatura y por un partido, nuestra investigación puede concentrarse fundamentalmente en esas dos cosas. Pero cuando delante de nosotros aparece una coalición, ya no necesariamente estamos escogiendo solamente a una persona ni solamente a una organización política. Estamos escogiendo un conjunto. Es como aquella bolsa de jocotes. Y si la bolsa no es transparente, no debería bastarnos con mirar los cuatro jocotes bonitos que pusieron arriba.
Ahí empieza una tarea ciudadana muchísimo más grande. ¿Quiénes integran esa coalición? ¿Qué partidos forman parte de ella? ¿Qué historia tiene cada uno? ¿Qué principios defienden? ¿Qué posiciones han sostenido anteriormente? ¿Quiénes son sus candidatos? ¿Cómo se distribuyeron las candidaturas? ¿Cómo se financiará la campaña? ¿Qué acuerdos hicieron para formar la coalición? ¿Qué cedió cada partido y qué obtuvo a cambio? ¿Cuál será el programa común? ¿En cuáles temas coinciden y en cuáles tuvieron que negociar posiciones distintas? Y posiblemente haya muchas preguntas más.
Esto no significa que una coalición sea buena o mala por definición. Sería absurdo juzgarla únicamente por ser coalición. La unión de organizaciones políticas puede responder a coincidencias legítimas, objetivos compartidos o a la intención de construir una propuesta común. Pero tampoco considero prudente que la palabra coalición funcione por sí sola como una garantía. Para mí debería funcionar exactamente al contrario: como una advertencia de que tengo más tarea por hacer.
Si antes necesitaba conocer bien a un candidato y a su partido, ahora necesito conocer también a quienes vienen dentro de la misma bolsa. Porque no estoy escogiendo únicamente el jocote que me enseñaron arriba. Estoy comprando toda la bolsa. Y mi recomendación, al menos para mí mismo, será muy sencilla: cuando vea la palabra coalición, no voy a asumir automáticamente que significa unión, consenso, amplitud o una mejor alternativa. Tampoco asumiré lo contrario. Voy a investigar. Voy a tratar de abrir la bolsa. Quiero saber quién está arriba, quién está en el centro y, especialmente, quién está abajo.
Porque si compro una bolsa de jocotes en un semáforo y el último salió malo, lo tiro y se acabó el problema. Pero en unas elecciones municipales la cosa es diferente.
Este jocote de abajo podría quedarse en mi comunidad durante cuatro años. Cuidado con las bolsas que no son transparentes.
Nota: Terminé este artículo, se lo leí a una amiga y su comentario fue: «Preferiría que no estuvieras hablando de jocotes, sino de mamones».
Que entienda quien entienda.