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Opinión

No, diputada Murillo

No sé si las palabras de la diputada Cindy Murillo nacen de una confusión ideológica, de una exageración política o simplemente de una forma de hablarle a un público que ya está dispuesto a aceptar ciertas etiquetas sin…

Por Vinicio Jarquín · 3 de octubre de 2026

No sé si las palabras de la diputada Cindy Murillo nacen de una confusión ideológica, de una exageración política o simplemente de una forma de hablarle a un público que ya está dispuesto a aceptar ciertas etiquetas sin preguntarse demasiado qué significan. No puedo saberlo y tampoco necesito hacerlo. Lo que sí puedo leer es lo que dijo: que “Puntarenas demostró no hacer pacto con los comunistas”, que el bloque opositor fue “absorbido por la izquierda radical” y que la reacción de la oposición después de lo ocurrido en Puntarenas fue un “berrinche”. Esas fueron sus palabras.
Pero, diputada, usted usa con demasiado descuido la palabra “comunista”. Tal vez porque sabe el miedo que tradicionalmente esa palabra provoca en una parte de la población costarricense. Tal vez porque resulta más fácil colocar una etiqueta que explicar las diferencias. Pero el Frente Amplio, que sí es un partido de izquierda y que se define expresamente como socialista y democrático, no convierte automáticamente en comunistas a todos los partidos que coincidan con él en algunas decisiones políticas. Mucho menos convierte en comunistas al PLN, al PUSC o a otros sectores de oposición solamente porque actúen juntos frente al oficialismo. Coincidir políticamente no significa adoptar la ideología del otro.
Y ahí está precisamente el problema. Porque cuando se utiliza la palabra comunista como una especie de insulto genérico para describir a cualquiera que se encuentre del otro lado, la palabra deja de servir para explicar una ideología y comienza a utilizarse para provocar una reacción. Ya no importa qué piensa realmente cada partido, qué propone, qué defiende o en qué se diferencia de los demás. Basta ponerles una etiqueta, reunirlos a todos dentro de la misma bolsa y esperar que una parte de la población reaccione al miedo que históricamente esa palabra puede producir.
Tampoco me parece correcto tomar lo sucedido durante una actividad en Puntarenas y convertirlo en la voz de toda una provincia. Una cantidad de personas presentes puede gritar, protestar, silbar o manifestarse como quiera dentro de los límites correspondientes, pero eso no convierte automáticamente su comportamiento en el pensamiento de todos los puntarenenses. Puntarenas es muchísimo más grande que el pequeño grupo que estuvo presente ese día. Presentar aquello como si una provincia completa hubiera hablado con una sola voz puede ser políticamente conveniente, pero no significa que así haya ocurrido.
Señora Murillo, voy a explicárselo de otra manera, porque las generalizaciones infundadas son peligrosas. Si usted puede llamar “comunistas” a todos los integrantes del Bloque Democrático porque parte de una premisa equivocada sobre el Frente Amplio, y si puede decir que “Puntarenas” habló porque, dicho popularmente, cuatro gatos gritaron durante una actividad, entonces, aplicando exactamente la misma lógica, también podríamos hablar de la falta de respeto del bloque oficialista silbándole a una diputada de oposición.
Y ahí se nota el problema. Porque una generalización no se vuelve válida solamente cuando favorece nuestro relato. Si cuatro gatos pueden convertirse en “Puntarenas”, entonces un diputado silbando podría convertirse en “el oficialismo”. Si una coincidencia política con el Frente Amplio convierte a todos en “comunistas”, entonces cualquier conducta individual podría adjudicarse al grupo entero. Pero así no funciona una discusión seria. Las personas responden por sus actos. Los partidos por sus posiciones. Los grupos por lo que realmente hacen en conjunto. Y las provincias no pueden ser apropiadas políticamente por quien grite más fuerte en una sala.
Y quizá ahí deberíamos tener cuidado todos. Porque si comenzamos a aceptar que cualquier alianza entre partidos diferentes es “comunismo”, que cualquier oposición es “izquierda radical” y que cualquier grupo que grite representa a toda una provincia, entonces estamos dejando de discutir política para comenzar a construir caricaturas del adversario. Y una democracia no necesita caricaturas. Necesita argumentos. Necesita diferencias claras. Necesita que podamos llamarnos por lo que realmente somos y no por la etiqueta que más miedo pueda provocar.
Señora Murillo, usted tiene todo el derecho de combatir las ideas del Frente Amplio, del PLN, del PUSC o de cualquier otro partido. Puede cuestionarlos, enfrentarlos políticamente, votar distinto y decir que sus propuestas le parecen equivocadas. Esa es precisamente la democracia. Pero una cosa es combatir ideas y otra muy distinta es transformar la palabra “comunista” en una brocha tan gruesa que alcance para pintar a todo aquel que no esté de su lado.
Porque entonces nuestra mirada puede dejar de dirigirse hacia ese supuesto “comunismo” que usted denuncia y comenzar a dirigirse hacia dos términos que también deberían preocuparnos profundamente: extrema derecha e ignorancia.
Cuidado con eso.
Señora Murillo, a ratos pienso que lo que verdaderamente le incomoda no es el comunismo, sino cualquier cosa que huela a socialismo, aunque una cosa no sea sinónimo de la otra.
Y tal vez, solo tal vez, algún día descubra que escuchar una idea distinta, entenderla antes de etiquetarla y discutirla sin convertirla en una amenaza también forma parte de la democracia.
Porque llamar “comunista” a todo lo que se mueve a la izquierda de usted no fortalece su argumento.
Lo debilita.