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Opinión

Porteños: ejemplo vivo de cultura y esfuerzo

Puntarenas es una tierra bendecida por la geografía y por su gente. Privilegiada por naturaleza, se abraza al frente con la majestuosidad de una playa azul e inmensa, mientras que a sus espaldas se extiende el protector…

Por Fabricio Obando, periodista · 1 de octubre de 2026

Puntarenas es una tierra bendecida por la geografía y por su gente. Privilegiada por naturaleza, se abraza al frente con la majestuosidad de una playa azul e inmensa, mientras que a sus espaldas se extiende el protector y sereno manglar. En ese corredor costero se respira un aire puro, fresco y vivo que engalana a la bellísima Perla del Pacífico.
Sin embargo, la verdadera riqueza de esta provincia no radica únicamente en su paisaje costero, sino en el tejido humano que la ha construido a lo largo de los siglos. A este angosto pedacito de tierra llegaron infinidad de personas a echar raíces: desde los pioneros inmigrantes chinos que aportaron su trabajo y visión, hasta familias de múltiples nacionalidades y rincones de Costa Rica que sumaron sus manos para hacer florecer la querida "Punta de Arena". Detrás de cada hogar y de cada oficio pesquero o comercial, se esconde una historia de coraje, valentía, amor por la tierra y un espíritu indomable de superación.
El porteño autóctono se distingue por una hospitalidad natural y auténtica. Es esa persona educada y noble que abre las puertas de su casa a un extraño como si se tratara de un miembro más de la familia. Nos define el arte del buen vivir sencillo: ese gusto inigualable de sacar las mecedoras a la acera al caer la tarde, sentir el alivio de la brisa marina y entregarnos a la tertulia amena entre vecinos. Nos define la fe compartida en las actividades comunitarias y religiosas, y una alegría franca que brota de la sencillez. En esa cotidianidad pacífica, el porteño ha encontrado históricamente su armonía y su orgullo.
Por eso resulta tan doloroso e inaceptable lo acontecido ayer, 30 de septiembre. Una fecha sagrada para la provincia y para la patria entera, en la que nos congregamos como comunidad para rendir tributo y conmemorar el legado libertador de nuestros héroes nacionales, el expresidente Juan Rafael Mora Porras y el general José María Cañas Escamilla. Lo que debió ser un acto solemne de profunda memoria histórica y respeto democrático, se degeneró en una vergonzosa muestra de incivismo y falta de cultura.
El recinto parecía un mercado desordenado donde los gritos, los abucheos y las interrupciones acallaban la palabra. Me niego a creer que esa sea la esencia del porteño. El porteño es, por definición, gente respetuosa y atenta; pero no podemos ignorar que un sector parece haber olvidado en el camino las normas elementales de la educación ciudadana. Ver ese comportamiento lamentable frente a las autoridades de la República no solo opaca la conmemoración, sino que nos obliga a hacer una pausa urgente. Estamos a tiempo de corregir el rumbo, de cerrar ese capítulo bochornoso y transformar esta amarga experiencia en una lección positiva de cambio.

La crisis cívica de la jornada se profundizó aún más cuando el machismo hizo su aparición en escena. Mientras una diputada hacía uso de la palabra para dirigir su discurso a la comunidad, algunos presentes recurrieron a la burla chabacana y al acoso verbal, replicando la conducta cobarde del típico agresor que busca intimidar.
Quienes recurren a semejantes pataletas y faltas de respeto solo evidencian su propia vaciedad: necesitan hacer ruido para que la sociedad note su existencia, pues carecen de argumentos e ideas con las cuales debatir. Sin embargo, frente a la inmadurez de la agresión, la inteligencia y la dignidad prevalecen. Una mujer con liderazgo e inteligencia puede superar esos atropellos y demostrar, con creces, de qué está hecha.
Desde la perspectiva filosófica, las crisis y los tropiezos sociales no ocurren en vano: existen para confrontarnos con nuestros errores y enseñarnos qué caminos no debemos volver a transitar. De la adversidad y de lo negativo estamos obligados a extraer el aprendizaje constructivo. ¿Qué habrían pensado Don Juanito Mora y el General Cañas al presenciar semejante espectáculo? Con seguridad habrían sentido una profunda pena ajena, agravada además por el hecho de que el desacato ocurrió precisamente en el corazón cultural del puerto: la Casa de la Cultura.
Puntarenas ha sido cuna y morada de verdaderos gigantes morales. Recordemos a Fray Casiano de Madrid, quien con su testimonio de sencillez, caridad y entrega desinteresada se ganó el corazón de todo el pueblo. Fray Casiano nos dejó una cátedra viva de lo que significa educar con el ejemplo, servir al prójimo y construir paz en este pedacito de tierra.
Asimismo, cobra un significado colosal la célebre frase de la insigne escritora costarricense Yolanda Oreamuno Unger: “Mi vida propia es mi único documento”. Nada hay más cierto. Nuestra conducta pública y privada es la única hoja de presentación real que le dejamos al mundo. Los aciertos edifican, pero los errores y los exabruptos quedan registrados en la memoria colectiva; no se borran con facilidad ni con disculpas superficiales, pues actúan como un expediente cívico que nos acompaña siempre.
Frente a este panorama, debemos plantearnos una pregunta honesta y urgente: ¿Es este el tipo de conducta, intolerancia y irrespeto que deseamos heredarle a nuestros hijos, nietos y a las futuras generaciones de costarricenses? Estoy convencido de que la respuesta de la gran mayoría es un rotundo no.
El porteño de verdad es inteligente, tiene criterio propio, posee la capacidad de analizar críticamente su entorno y, sobre todo, sabe tomar las decisiones correctas para superarse y honrar su tierra.
¡Que vuelva a brillar en Puntarenas la cultura viva, la educación de calidad, el trabajo honrado y el respeto mutuo! Solo así seremos los verdaderos agentes de cambio que nuestra querida Perla del Pacífico necesita y merece.