Qué ruin fue destruir un país
Esta tarde leí una publicación de Piero Calandrelli. No sé si llamarla comentario, reproche o lamento. Tal vez tenía algo de las tres cosas. Y aunque no quisiera apropiarme de su idea, tampoco puedo dejar de expresar…

Esta tarde leí una publicación de Piero Calandrelli. No sé si llamarla comentario, reproche o lamento. Tal vez tenía algo de las tres cosas. Y aunque no quisiera apropiarme de su idea, tampoco puedo dejar de expresar cuánto coincido con el dolor que transmite. Hay palabras ajenas que uno lee y siente propias, porque nombran una tristeza que ya llevaba por dentro. Así me ocurrió cuando escribió: «Esta NO es la Costa Rica por la cual llegué a sentir tanto orgullo». A mí también me duele mirar al país y sentir que algo profundamente valioso se nos está escapando entre las manos.
Piero comienza reconociendo que hubo errores en el PLN, en el PUSC y en el PAC. Estoy de acuerdo: no hace falta idealizar el pasado para lamentar el presente. Hubo fallas, abusos, promesas incumplidas y razones para que mucha gente se sintiera decepcionada. Ese enojo merece ser comprendido. Pero comprenderlo no significa justificar que se utilice para alimentar el desprecio, enfrentar a los ciudadanos y desacreditar todo aquello que nos permitía convivir, incluso cuando pensábamos distinto. Ningún error anterior convierte la grosería en una virtud ni concede permiso para tratar al país como si fuera una propiedad que se puede desmantelar por resentimiento.
Yo puedo entender que algunas personas lleguen a puestos de poder buscando favorecerse a sí mismas o a los suyos. Entender que eso ocurre, desde luego, no significa aceptarlo. Pero lo que percibo va más allá de esa vieja y lamentable ambición. La insistencia en la confrontación, la facilidad para humillar y el empeño en convertir cada desacuerdo en una batalla me hacen pensar en una voluntad de destrucción. No puedo afirmar que exista un plan ni sé cuál sería su propósito final. Lo que sí puedo decir es que, desde mi mirada ciudadana, resulta cada vez más difícil atribuir todo esto a errores aislados o a simples salidas de tono. Y lo más triste es sentir que han conseguido demasiado: que el daño ya está entre nosotros, en nuestras conversaciones, en nuestras familias y en la manera en que miramos nuestras instituciones.
Piero habla del dolor de ver a hermanos y hermanas enfrentados mientras quienes están arriba disfrutan del incendio. Esa imagen me golpea porque el deterioro de un país no se mide solamente en presupuestos, decisiones o edificios. También se mide en la confianza que pierde su gente. Una institución puede corregir un procedimiento; una sociedad que ha aprendido a sospechar de todo necesita mucho más para volver a creer. Ya no siento que tengamos la Costa Rica de antes. Y temo que recuperar esa confianza pueda tomarnos dos generaciones: no lo digo como un cálculo, sino como la medida de mi desconsuelo. ¿Cómo se vuelve a construir respeto después de haber enseñado a tanta gente a celebrar la humillación?
¿Dos años dije? Sí, dos años. Porque cuando pienso en lo ocurrido no miro únicamente hacia la elección del 2026. Me pregunto cuánto de esta ruta estaba ya decidido, o al menos aceptado, desde el 2024 por quienes trabajaban para aquella victoria. No tengo cómo conocer sus conversaciones ni sus intenciones. Pero sí puedo juzgar las actitudes públicas y preguntarme en qué momento ganar pasó a justificarlo todo. En qué momento dejó de importar el país que recibirían después de la celebración. Porque una victoria electoral debería traer consigo la responsabilidad de cuidar una patria compartida, también por quienes no votaron por los vencedores.
Hay un punto en el que me aparto de Piero. Él dice que no guarda rencor a los seguidores del oficialismo, porque los considera personas manipuladas. Yo no puedo extender esa explicación a todos. Puedo comprender a quien creyó, a quien tuvo esperanza, a quien votó desde el cansancio o la decepción. Pero me cuesta absolver a quien observa la humillación y la aplaude; a quien reconoce la mentira y la repite; a quien ve el daño y ayuda a sostenerlo. Cada persona tiene una responsabilidad distinta, y no sería justo ponerlas a todas en el mismo lugar. Sin embargo, el apoyo consciente también tiene consecuencias. Quien mantiene en movimiento lo que considero una batería destructiva no puede reclamar inocencia solamente porque no ocupa un despacho.
Piero señala a Rodrigo Chaves, Laura Fernández y Pilar Cisneros como responsables de un daño que él no está dispuesto a perdonar. En mi caso, tampoco encuentro hoy disposición para el perdón hacia quienes considero responsables de este deterioro, ni hacia quienes lo sostienen a sabiendas. Tienen mi desprecio por esas conductas y por el daño que les atribuyo. No deseo que sufran, no les deseo violencia, pero tampoco voy a suavizar lo que siento para que resulte más cómodo escucharlo. Hay responsabilidades que deben nombrarse y decisiones que no quedan justificadas por los aplausos.
Tal vez cualquier otra cosa que agregue sea redundante. Tal vez ya hemos explicado demasiadas veces por qué una patria merece cuidado, por qué las instituciones no pertenecen a un gobernante y por qué pensar distinto no debería convertirnos en enemigos. Hoy no tengo una frase tranquilizadora para cerrar. Tengo tristeza, indignación y una pregunta que no me abandona: ¿cómo pudieron recibir tanto de este país y devolverle tanto desprecio?
Qué ruin fue destruir un país.
Por Vinicio Jarquín