Señor diputado Ariel Mora: ahora demuéstrelo
Señor diputado Ariel Mora: hay momentos en la vida en los que hablo desde Apacigua y otros en los que intento hacerlo simplemente desde mi condición de ciudadano. Pero ante un caso tan delicado como este, y después de…

Señor diputado Ariel Mora: hay momentos en la vida en los que hablo desde Apacigua y otros en los que intento hacerlo simplemente desde mi condición de ciudadano. Pero ante un caso tan delicado como este, y después de que usted haya decidido salir públicamente a disculparse por lo sucedido esta mañana en Puntarenas, prefiero responderle a título estrictamente personal. No puedo hablar en nombre de la ciudadanía costarricense ni decidir por ella si sus disculpas son suficientes. Cada persona tendrá que hacerlo por sí misma. Yo solamente puedo decirle cómo recibo sus palabras y qué tendría que ocurrir, al menos para mí, para que lo sucedido pueda comenzar a quedar atrás.
Ya he dicho en varios artículos lo que pienso sobre su comportamiento de esta mañana. Me pareció absolutamente inaceptable. Incluso pude haber utilizado palabras muchísimo más severas para calificar algunas de las imágenes que vimos, pero por respeto a quienes me leen y, principalmente, por respeto a la investidura que usted ostenta —independientemente de lo que cualquiera pueda pensar sobre quién la merece o deja de merecer— preferí contenerme. Un diputado de la República no debería sumarse a los silbidos, abucheos o manifestaciones contra otra diputada mientras esta hace uso de la palabra. Y precisamente por eso considero importante que esta noche usted haya reconocido públicamente que estuvo mal.
Pero también tengo que decirle algo: para mí, una disculpa no limpia automáticamente lo sucedido. Usted mismo explicó que la sesión estaba tensa, que hubo intervenciones que consideraba severas o infundadas y que el público comenzó a manifestarse con fuerza. Y precisamente ahí está una parte de mi preocupación. Porque lo que me inquieta no es únicamente el silbido: es haber visto cómo un diputado puede dejarse llevar por el ambiente, por la tensión y por el comportamiento de quienes lo rodean hasta terminar participando de aquello que, por su cargo, debería ayudar a contener. Me preocupa pensar qué podría suceder en otro momento igualmente tenso si nuevamente las emociones, el grupo o las circunstancias terminan imponiéndose sobre el autocontrol que exige una responsabilidad como la suya.
También me duele especialmente que esto ocurriera en Puntarenas. Usted llevó, por decirlo de alguna manera, a sus compañeros de trabajo a “su casa”: a la provincia que representa, frente a ciudadanos de esa misma provincia, y allí terminamos viendo una escena de hostilidad contra legisladores que también ostentan una representación democrática. Y cuando esa hostilidad se dirige contra una mujer que está haciendo uso de la palabra mientras hombres y mujeres a su alrededor silban, ríen o estimulan al público, inevitablemente queda abierta también una discusión seria sobre respeto, dignidad y violencia política hacia las mujeres. No necesito convertir este artículo en una sentencia jurídica para decir que las imágenes fueron profundamente desagradables y que a mí me costará olvidarlas.
Una disculpa, además, tiene que encontrar después correspondencia en los actos. Por eso quiero tomar en serio la parte de su mensaje en la que habla de tender puentes. Quiero creer que eso será exactamente lo que hará. Quiero verlo trabajando para acercar a la ciudadanía con la Asamblea Legislativa, para recuperar respeto entre diputados que piensan diferente y, especialmente, para trabajar por la provincia que lo llevó al Congreso. Porque ese es, al final, el trabajo que los ciudadanos encomendaron a quienes ocupan esas curules. Usted dijo esta noche que si exige un debate de altura debe ser el primero en dar el ejemplo. Me parece una buena frase. Ahora falta convertirla en comportamiento.
Recibir una disculpa tampoco significa estar obligado a perdonar inmediatamente. Usted puede pedir perdón; después corresponde a la persona afectada, y en un sentido más amplio a quienes observamos lo sucedido, decidir qué hacemos con esa disculpa. Eso no necesariamente ocurre esta noche. Algunas heridas requieren tiempo y, especialmente, necesitan hechos posteriores que demuestren que las palabras no fueron solamente una manera de apagar una crisis pública. Por eso yo quedo esperando. Esperando ver si verdaderamente existe arrepentimiento. Esperando comprobar si el Ariel Mora que escuchamos esta noche es capaz de imponerse sobre el Ariel Mora que vimos esta mañana.
También me queda pendiente otra inquietud. Hace pocas semanas la Asamblea Legislativa tuvo que pronunciarse sobre las expresiones de Cindy Murillo contra Abril Gordienko y Claudia Dobles. La moción que rechazó aquellas expresiones fue aprobada con solamente dos votos oficialistas; la mayoría de la bancada de Pueblo Soberano no la apoyó. Ese antecedente hace todavía más importante que quienes hoy reconocen comportamientos incorrectos entiendan que el respeto no puede depender de quién sea la persona agredida, de cuál partido venga la agresión ni de cuál bancada ocupe la otra curul. El estándar debe ser el mismo para todos.
Y sí, señor diputado, también quiero reconocerle algo porque sería injusto escribir todo lo anterior y omitirlo: usted se disculpó. Dio la cara. Reconoció que su conducta fue incorrecta. Dijo que fue inaceptable. Reconoció que contradijo los valores y principios que afirma defender y que, si reclama un debate de altura, debe comenzar por dar el ejemplo. Eso tiene mérito y yo no voy a negárselo solamente porque hoy haya sido uno de sus críticos.
En mi último artículo utilicé una palabra bastante particular: “ahómbrese”. Y quizá esta noche usted comenzó precisamente a hacerlo. Porque ahombrarse no significa jamás equivocarse, ni significa demostrar quién grita más fuerte, quién se impone sobre otro o quién consigue que una multitud lo acompañe. A veces ahombrarse consiste simplemente en reconocer frente a todo un país: me equivoqué. Ahora queda la parte más importante. Demostrarlo.
También quedará por ver si otras personas que participaron, celebraron o estimularon lo ocurrido consideran necesario hacer su propia reflexión y ofrecer sus propias explicaciones. Pero eso, señor Mora, ya no depende de usted.
Usted no necesita esperar a que Camareno se disculpe. No necesita saber qué hará Brunner ni qué hará cualquier otro compañero de bancada. Usted depende de usted.
Y a partir de mañana, cada vez que tenga frente a usted a una diputada o diputado con quien discrepe profundamente; cada vez que una multitud grite algo que a usted le agrade escuchar; cada vez que el ambiente se caliente y resulte mucho más fácil sumarse que contenerse, tendrá una oportunidad de demostrar cuál de los dos Ariel Mora es el verdadero.
El de esta mañana.
O el hombre que esta noche salió ante Costa Rica y dijo que aquello estuvo mal. Yo espero sinceramente que sea el segundo.